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La Sagrada Familia, titular de la catedral de San Andrés

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SANABRIA.OBISPOCelebramos en este domingo la fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José, titular de nuestra Catedral de San Andrés. La Navidad nos permite encontrarnos con misterios de mucho contenido humano y espiritual, y redescubrir su importancia para nuestra vida personal y para la edificación de nuestra sociedad, como es el caso de hoy al celebrar la Sagrada Familia.

La familia siempre tendrá una importancia superlativa tanto para la Iglesia como para la sociedad; y aunque es bombardeada por francotiradores poderosos, nos corresponde sobre todo a los cristianos católicos, salir en su defensa promoverla por ser la célula fundamental de toda sociedad. Destaquemos de la Palabra de Dios de este domingo tres grandes tesoros que se guardan en el seno de la familia.

Primer tesoro: La familia es santuario donde se reciben múltiples bendiciones. Decimos que es santuario porque sencillamente allí se venera a Dios, se celebra la vida y se comparte el amor, que son cosas muy sagradas. Un santuario es el punto a donde todos los seres humanos peregrinamos para recibir bendiciones. El Papa Francisco lo dice bellamente: “tener un lugar a donde ir, se llama hogar, tener personas a quien amar, se llama familia, y tener ambas se llama Bendición¨.

Hablando de la familia dice el libro del Eclesiástico que “el que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros; el que honra a su padre se alegrará de sus hijos y, cuando rece, será escuchado; el que respeta a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor lo escucha. Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras vivas; aunque chochee, ten indulgencia, no lo abochornes mientras vivas. La limosna del padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados”. (Cfr Eclo 3,2-6.12-14). Cómo no destacar estas grandes bendiciones: obtener el perdón de los pecados, alegrarse de los propios hijos, tener larga vida, y ser escuchados en la oración.

Segundo tesoro, la familia el altar de los ofrecimientos. El Evangelio narra la presentación de Jesús en el templo, cuando “los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor. (De acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: "Todo primogénito varón será consagrado al Señor"), y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: "un par de tórtolas o dos pichones" (Cfr 2, 22 ss).

Qué bello ver a José y a María entregando y consagrando a su hijo al Señor en el templo de Jerusalén. Ellos van comprendiendo que Jesús no es propiedad privada de ellos, sino que es un don ofrecido para la salvación de la humanidad, y por lo tanto lo entregan para que el Padre Celestial haga su obra. Todo en la vida tiene como dueño a Dios, y a él tenemos que entregarle lo más valioso, lo más sagrado. Las familias deben recuperar la costumbre de presentar, de consagrar y de entregar sus hijos a Dios, como el fruto más querido de su amor mutuo. Consagrar los hijos a Dios es la mejor ofrenda que puedan hacer los padres de familia.

El tercer tesoro, la familia es labranza de la vida y escuela de la fe. El Evangelio dice claramente: “cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba”. Donde mejor se cultiva y se cuida la vida humana es en la familia. Tres maneras de crecer de Jesús describe el texto bíblico. Crecía en edad, es decir, era un niño saludable y fuerte físicamente; crecía en sabiduría, es decir, comprendía cada vez mejor y más profundamente los misterios de la vida; y crecía en gracia de Dios, lo cual significa que su fe cada vez era más madura, su compromiso con el plan de Dios era de gran convencimiento. Lo que vemos aquí es un crecimiento integral humana y espiritualmente.

San Pablo a los Colosenses hace una bella síntesis de lo que debe ser la vida familiar, dice: “sea su uniforme la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión. Sobrellévense mutuamente y perdónense, cuando alguno tenga quejas contra otro.... Y por encima de todo esto, el amor... Que la paz de Cristo actúe de árbitro en su corazón… Y celebren la Acción de Gracias… Canten a Dios, denle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y, todo lo que de palabra o de obra realicen, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él. Mujeres vivan bajo la autoridad de sus maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amen a sus mujeres, y no sean ásperos con ellas. Hijos, obedezcan a sus padres en todo, que eso le gusta al Señor. Padres, no exasperen a sus hijos, no sea que pierdan los ánimos”. (Cfr Col 3, 12 – 21).

Sagrada Familia de Nazaret, bendice nuestras familias.

 

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