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Corn Islands: ¿quiénes son nuestros vecinos más cercanos?

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HAROL.BUSH2La primera reunión en París de alto calibre para cumplir con el arranque presidencial de implementar los fallos de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) de La Haya, entre el arquitecto de la exitosa estrategia legal de Nicaragua y el canciller colombiano –formado en otros temas–, obliga a analizar posibles consecuencias.

Una es un acercamiento a nuestros hermanos de sangre, cultura y lengua de Corn Islands (Islas del Maíz), nuestros vecinos más cercanos, algo que anima esperanzas del fortalecimiento de la reivindicación étnica en nuestras islas, la cooperación y el comercio bilateral con Nicaragua y un paso indispensable hacia nuestro prometido y anhelado acercamiento al Caribe.

A sólo 80 millas o 20 minutos de vuelo de San Andrés, están habitadas por raizales nicaragüenses, muchos de los cuales son colombianos históricos por descendencia y comparten con nosotros un ideario cultural-identitario caribeño producto de cuato siglos de historia común.

El poeta nicaragüense Manolo Cuadra en ‘Itinerario de Little Corn Island’, publicado en 1937, dijo entonces que en esas islas la soledad hacía equipo con el aburrimiento. Sin embargo, hoy día son una meta del turismo ecológico y de descanso que, junto a Providencia, son el último refugio de un Caribe cuya reticencia al cambio protege su historia, identidad y naturaleza.

Sus habitantes son del mundo anglocaribe y por eso en muchas cosas son más cercanos a nosotros que a Managua.

Desde 1629

Nuestra estrecha conexión etnocultural e histórica comenzó en 1629 con los puritanos británicos que establecieron su colonia en Providencia (que nos dejó Fort Warwick) y abrieron una ruta de comercio con la Costa de la Mosquitia. Se consolida en 1803 con el traslado de toda la Mosquitia al Virreynato de la Nueva Granada, que luego heredó Colombia en virtud del uti posidetis juris como una unidad administrativa con nuestras islas, algo que el abandono colombiano por tantos años animó a desintegrarse.

Ese abandono también otorgó vía libre después de la independencia de España a Inglaterra para continuar manejándolas como parte de su protectorado y luego a Nicaragua para ocuparlas y reclamarlas en 1894, con el respaldo de los Estados Unidos que ejercía su poderío en el Caribe y rechazaba la injerencia británica. Nicaragua las alquiló en 1913 a ese país como protección estratégica al Canal de Panamá.

Para frotar aún más sal a la herida del abandono patriótico, Colombia las ofreció junto a nuestras islas en venta en 1905 a los Estados Unidos. No hubo interés, como tampoco en 1914 cuando de nuevo intentó venderlas en el marco del tratado Urrutia-Thomson que selló la cuestión del Canal tras la separación de Panamá en 1903.

Aunque antes de ofrecerlas en venta Colombia esperaba consolidar su soberanía no con acciones o atención con benevolencia gubernamental, sino través del desinterés patriótico, la omisión institucional y una vía diplomática de poco peso jurídico. En 1897 los habitantes de Corn Islands solicitaron al gobernador de Cartagena (de donde dependía, como nosotros, en ese entonces) que defendiera la soberanía colombiana en ellas pero no tuvieron respuesta. Un laudo arbitral las cedió a Colombia en 1900 pero Nicaragua no aceptó ello y continuó ocupándolas.

Ello incentivó la mayor integración de nuestras islas a Colombia: se comenzó a fortalecer su presencia institucional y en 1912 creó la Intendencia Nacional, quitando nuestra dependencia de Cartagena que contribuía al abandono. En 1928 el tratado Esguerra-Bárcenas sella soberanía nicaragüense sobre Corn Islands y colombiana sobre San Andrés y Providencia, aunque se dejó por fuera el establecimiento de límites marítimos por lo que en La Haya, en 2012, fueron fijados.

El valor diplomático de la hermandad

Esas múltiples asociaciones y hermandades tienen un valor diplomático que deben ponerse al servicio nuestro en el diálogo y en las relaciones bilaterales. Colombia ya reconoce el potencial de lo étnico, pero como todo lo que acuerdan tendrá consecuencias principalmente para las islas y los isleños, debemos asegurarnos de que en toda mesa de negociación estén presentes y actuantes voceros raizales independientes con capacidad de influencia, para guiar y definir cualquier circunstancia que afecte nuestros destinos.

Solo con esa presencia se asegura también un equilibrio aceptable entre intereses isleños y nacionales, de manera articulada y con una agenda común hacia el futuro en un contexto de fraternidad y cooperación transfronteriza.

El diálogo no debe ser guiado por un interés estratégico nacional para morigerar el impacto del fallo de 2012. Y la aspiración raizal de normalizar relaciones con Corn Islands no debe ser usada como arma para forzar decisiones que no son del agrado de los isleños.

La ironía de todo este ciclo diplomático es que el sueño raizal de una reconexión con Corn Islands y el Caribe podría materializarse sólo con la entrega a Nicaragua de aguas que son parte de nuestro mundo ancestral. Ello hace necesario llegar a acuerdos que nos permitan seguir conectados con ese mar. No hacerlo expondría la fragilidad y hasta la descalificación del diálogo.

El énfasis debe ser por lo tanto en la administración del mar perdido, en garantizar derechos ancestrales de pesca, en protección y conservación ambiental y en la lucha contra el tráfico de migrantes y de drogas. Ello obliga a explorar posibilidades de que la estrecha afinidad y cercanía cultural, étnica e histórica con las Corn Islands generan óptimos espacios de cooperación.

El diálogo debe servir también para atender una injusticia histórica de Colombia hacia los habitantes afrocaribeños de Corn Island. Nuestro país legal y moralmente abandonó a esa población de mayoría afro y raizal a su suerte en 1928 con el Esguerra-Bárcenas.

Pero una cosa es lo que se firma con el diálogo y otra lo que en la realidad se confirma. Este tratado y el fallo de 2012 nos recuerdan que lo que se acuerde dependerá de si los dos países –de escasa confianza mutua– respeten lo pactado (Pacta sunt servanda). Pero más importante para nosotros de que Colombia respete obligaciones adquiridas con las islas y con lo raizal porque el vínculo jurídico (Obligatio est iuris vinculum) que adquirió con nosotros en el año 1822 aún está saturado de promesas ignoradas y una incumplida deuda histórica y moral que la realidad de las islas y la pérdida de Corn Islands, como la de Panamá, dolorosamente nos recuerda a diario.

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Próxima entrega: CORN ISLANDS: NUESTRO PASADO RAIZAL Y FUTURO CARIBEÑO

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan

Última actualización ( Lunes, 13 de Noviembre de 2023 09:55 )  

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