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El gato con votos

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EDNA.RUEDEA2Era la tercera vez que moría en el año y la octava en lo que iba del quinquenio. Y eso, incluso para los estándares de los gatos callejeros de su barrio, era un nuevo récord. Pero de todas formas, había que decir que esta era, sin duda, la muerte más absurda.

Nadie pensaría que cuando no son observados, los gatos exponen un pulgar oponible que ha evolucionado para traicionarse en presencia de los humanos y esconderse como una garra más o menos común. El pulgar les ha servido por los últimos milenios para sostener cosas que no se supone, puedan sostener, escribir en teclados, tomar lapiceras, esconder lentes, desarmar pequeñas máquinas o desajustar aquí y allá frenos de automóviles o brazos mecánicos de grúas gigantes. Y aunque los pequeños felinos, hace tiempo no esconden su desprecio por los homínidos, aún mantienen un recato parsimonioso a la hora de provocar pequeños y grandes males.

Con esta nueva información a disposición del lector, no debería haber sorpresa en saber que un gato puede, por ejemplo, manejar con destreza un revólver, girar una ruleta o cambiar a voluntad los canales de la televisión.

Y esto no era nuevo para Tomas, un gato afiliado de manera intermitente al callejón periférico de la panadería de Don Julio. El animal, que había desarrollado una afición inigualable por los juegos de azar y cualquier cosa en lo que una apuesta pudiera estar involucrada, tuvo que apostar eso de lo que tenía cada vez menos: una vida.

Se acercaban las elecciones y lo que al principio se veía como una reyerta pareja, hacía por momentos agudos desbalances a favor o en contra de uno u otro. Era un evento perfecto para hacer una apuesta. Los gatos se reunieron y acordaron usar colores en sus collarines para apoyar a cada candidato. En el calor de la contienda, propendían insultos que defendían esos colores con el ímpetu de una barra brava, pero sin mucha diferencia sustancial en sus planteamientos.

Mentadas de madres iban y venían asociadas a todo tipo de improperios e imágenes metafóricas, símiles e inverosímiles; estas eran gatas que se describieron con apetitos de todos los matices. Tomas era uno de los más agudos, no temía combinar realidad con fantasía a la hora de provocar ira en quien tenía un collar distinto. Había elegido el color opuesto a que ostentaba el panadero, y cuando las letras se le agotaron y ofertó reducir el diámetro de su gargantilla, agujero por agujero, por cada 100 votos que su candidato tuviese en contra. Los dos primeros hoyos de la cadena, no alteraron mucho al animal, pero los siguientes cinco, cambiaron el color de sus ojos, le sacaron la lengua y brotaron sus bigotes.

Ahora le empezaba a pesar la decisión del color elegido para el collarín, al mismo tiempo se hacía a la idea de que podía morir ahí mismo, ahorcado por el cuero apretado hecho de votos en contra, o hacerlo más tarde cuando el contrato para cazar ratones en la tienda de Don Julio se suspendiera en el nuevo gobierno y lo matara de hambre. Su opción fue la primera, ya volvería en su séptima vida y procuraría elegir con más tino.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan

 

 

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