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Estamos hechos de amor

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SANABRIA.OBISPOComencemos este domingo con un acto de amor bello y sencillo. Todos amamos a nuestros pueblos y ciudades, nos duele el abandono y nos interesa el bienestar de las comunidades. Vayamos hoy a celebrar con fe la Eucaristía y a pedir al Señor que nos dé el discernimiento y la rectitud de conciencia para elegir a quienes mejor puedan servir a los pueblos. Si de verdad amamos a nuestro pueblo, demostremos ese amor en la Eucaristía y en las urnas.

Hablando de actos de amor, precisamente en el evangelio, aparece un doctor de la ley preguntando a Jesús: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley? Él le dijo: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas” (Mt 22, 34 - 40).

Del amor se han hecho disertaciones filosóficas profundas y obras formidables, algunas historias han sido llevadas al cine. Se han hecho reflexiones espirituales con hondo soporte bíblico y teológico. La psicología estudia y elabora teorías de autoestima y de amor. Todo esto es muy valioso y necesario; pero lo que nos ha falta es amar. La práctica cotidiana del amor es lo que más nos cuesta y más necesitamos. Hablamos mucho y amamos poco.

En vez de hacer teorías del amor, tendríamos que especializarnos en la práctica del amor, sobre todo por una razón fundamental: somos hechos de amor. Es interesante el diálogo de los conejos: "¿De qué estamos hechos tú y yo?" Se preguntan dos conejos rodeados de un montón de objetos desperdigados a su alrededor. Y es que todos estamos hechos de una torre en equilibrio de... Besos de queso, risas meonas, palabras mágicas o susurros de perdón. Una auténtica montaña de sentimientos, divertidos animales, emociones, actos y elementos que nos irán descubriendo que de lo que tú y yo estamos hechos... es de amor.

La Palabra de Dios de este día nos habla del amor a Dios y al prójimo como los mandamientos que recogen todas las normas humanas y cristianas. Pero no pretende hacer teoría sobre el mandamiento, sino que más bien, nos propone dos acciones concretas; la primera es sentirnos amados y la segunda, amar.

Comencemos diciendo que para poder amar es fundamental sentirse amado. El amor entra por los oídos. El amor a Dios y al prójimo nace de la escucha dócil de la Palabra divina. San Pablo menciona que los tesalonicenses pasaban gran tribulación, dificultades y debilidades al interno de la comunidad, pero que fueron superadas cuando acogieron la Palabra de Dios y comprendieron que por amor fueron creados por Dios, y que el amor de Dios debe reinar entre ellos; gracias a ese amor pudieron vencer sus problemas, porque el amor todo lo supera, todo lo renueva, todo lo vence (Cfr. 1 Tes 1, 5 – 10).

Nuestros oídos tienen que escuchar infinidad de veces las palabras de amor de Dios. Cristo por amor vino al mundo, y por salvarnos subió a la cruz. El amor es el compendio de todos los códigos legales.

Estamos hechos de amor. No somos fruto de la casualidad, no llegamos al mundo como por rebote. Estamos en la mente de Dios desde siempre, somos fruto de su amor bendito. Además, somos fruto del amor de nuestros padres, que nos dieron la vida y la han cuidado como mejor han podido. Al lado nuestro siempre ha habido personas que nos han mostrado mil caras del amor. Estamos hechos de amor. Sentirnos amados es la primera y fundamental tarea como seres humanos y más aún como cristianos.

Pero hemos de tener claro que una vez experimentado con cuánto amor nos ha amado el Padre, tiene que explotar nuestro corazón de amor a Dios y al prójimo. Según sea la experiencia de sentirnos amados, así será la potencialidad para amar a los demás. El salmo de hoy nos ayuda a expresar bellamente nuestro amor a Dios: “Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte. Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos” (Sal 17). Jesús, en el evangelio, da a entender que la caridad hacia el prójimo es tan importante como el amor a Dios.

El Libro del Éxodo nos pone de frente a los forasteros, las viudas, los huérfanos y los indigentes. Nada nuevo para nosotros hoy cuando hay millones de niños, niñas, adolescentes y familias de todo el mundo en tránsito debido a que han tenido que abandonar sus países obligados por la pobreza, el colapso de servicios esenciales, las devastadoras consecuencias del cambio climático, la violencia armada. Muchos no pueden acceder a las vías de migración regulares y emprenden travesías peligrosas.

¿Qué hacer con ellos? No los oprimamos, ya tienen bastante de eso; ayudémoslos. Dice el texto bíblico: “No maltratarás ni oprimirás al migrante… no explotarás a viudas ni a huérfanos… no serás usurero con el pobre” (Cfr Ex 22, 20 – 26). No nos pide análisis o justificaciones para descalificarlos y justificar nuestra indiferencia. Nos pide gestos concretos de amor. Fuimos hechos de amor y solo podemos vivir dignamente, amando. El amor es la síntesis del evangelio.

Mucha gente a nuestro alrededor solo necesita gestos de amor; las palabras sobran. María Santísima es experta en gestos sencillos de amor auténtico. Que ella nos ayuda a ser reflejos del amor divino, porque estamos hechos de amor.

 

 

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