En el evangelio encontramos un halago de los fariseos a Jesús; ellos lo hacen por hipocresía, pero el contenido es bellísimo; dicen: “Sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios, conforme a la verdad, sin que te importe nadie” (Mt 22, 16). Los fariseos, grupo apático a Jesús, están reconociendo lo que dice el profeta Isaías: “Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí, no hay dios.” (Is 45, 5).
A ese Dios único le formulan este interrogante: “¿Es licito pagar impuesto al César o no? Jesús pidió una moneda… Él les preguntó: ¿De quién son esta cara y esta inscripción? Le respondieron: Del César. Entonces les replicó: Pues páguenle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22, 15 - 21). Lo que Jesús hace es sencillo, mirar la imagen impresa en la moneda y saber a quién pertenece, con lo cual deja claro que también hay que mirar en cada persona la imagen que lleva impresa para saber que pertenece a Dios.
Para comprender mejor escuchemos la historia de este cirujano. “Mañana por la mañana abriré tu corazón - le explicaba el cirujano a un niño. Y el niño interrumpió: ¿Usted encontrará a Jesús allí? El cirujano se quedó mirándolo, y continuó: Cortaré una pared de tu corazón para ver el daño completo. Pero cuando abra mi corazón, ¿encontrará a Jesús ahí?, volvió a interrumpir el niño.
El cirujano se volvió hacia los padres... Cuando haya visto todo el daño planearemos lo que sigue, ya con tu corazón abierto. Pero, ¿usted encontrará a Jesús en mi corazón? La Biblia bien claro dice que Él vive allí… ¡Entonces usted lo encontrará en mi corazón!
El cirujano pensó que era suficiente y le explicó: Te diré qué encontraré en tu corazón. Encontraré músculo dañado, baja respuesta de glóbulos rojos, y debilidad en las paredes y vasos. Y aparte me daré cuenta si te podamos ayudar o no. Y el niño respondió: ¿Pero encontrará a Jesús allí también? Es su hogar, Él vive allí, siempre está conmigo.
El cirujano no toleró más los insistentes comentarios y se fue. Se sentó en la mesa de su despacho y procedió a grabar sus estudios previos a la cirugía: Aorta dañada, vena pulmonar deteriorada, degeneración muscular cardíaca masiva. Sin posibilidades de trasplante, difícilmente curable. Terapia: analgésicos y reposo absoluto. Pronóstico -tomó una pausa y en tono triste dijo-: muerte dentro del primer año.
Entonces detuvo la grabadora. Pero, tengo algo más que decir: ¿Por qué? -preguntó a Dios en voz alta– ¿Por qué hiciste esto a él? Tú lo pusiste en este dolor y lo has sentenciado a muerte temprana. ¿Por qué? De pronto, Dios le contestó: El niño, mi oveja, ya no pertenecerá a tu rebaño porque él es parte del mío y conmigo estará toda la eternidad. Aquí en el cielo, en mi rebaño sagrado, ya no tendrá ningún dolor, será confortado de una manera inimaginable para ti o para cualquiera. Sus padres un día se unirán con él; conocerán la paz y la armonía todos juntos en mi reino, y mi rebaño sagrado continuará creciendo.
El cirujano empezó a llorar terriblemente; pero sintió aún más rencor, pues no entendía las razones. Y entonces replicó: Tú creaste a este muchacho, y también su corazón ¿Para qué? ¿Para que muera dentro de unos meses? El Señor le respondió: Porque es tiempo de que regrese a su rebaño; su tarea en la tierra ya la cumplió. Hace unos años envié una oveja mía dotada de capacidades de doctor para que ayudara a sus hermanos, pero con tanta ciencia se olvidó de su Creador. Así que envié a mi otra oveja, el niño enfermo, no para perderlo sino para que ayudara a mi oveja perdida a regresar.
El cirujano lloró inconsolablemente. Días después, luego de practicar la cirugía, el doctor se sentó a un lado de la cama del niño... El niño despertó y murmurando rápidamente preguntó: ¿Abrió mi corazón? Sí -dijo el cirujano-. ¿Qué encontró? -preguntó el niño. Tenías razón, encontré allí a Jesús”. (Tomado de cuentos con moraleja del P. Lucas Prados).
La imagen de Dios está impresa en el corazón de toda persona; el corazón es la obra maestra de Dios, donde el Espíritu Santo realiza su mejor actuación transformadora. La misión de la Iglesia es hablar de Dios, hacer memoria de que él es el único Dios, recordar a todos, especialmente a quienes, como el cirujano, han perdido su identidad, el derecho de Dios sobre lo que le pertenece, es decir, nuestra vida. El aporte más grande que podemos hacer a la humanidad es ayudarle a cada persona a descubrir que lleva impresa en su corazón la imagen y semejanza de Dios. Cuando lo descubramos, seremos más humanos y mejores cristianos, dejaremos la guerra, la injusticia y la maldad, y seremos felices.
Eso es posible, y como ejemplo está la iglesia de Tesalónica, y Pablo lo escribe así: “Ante Dios, nuestro Padre, recordarnos sin cesar la actividad de su fe, el esfuerzo de su amor y el aguante de su esperanza en Jesucristo, nuestro Señor. Bien sabemos, hermanos amados de Dios, que él los ha elegido y que, cuando se proclamó el Evangelio entre ustedes, no hubo sólo palabras, sino además fuerza del Espíritu Santo y convicción profunda” (1 Tes 1, 3-5).
La presencia de Dios es fuente de gozo, porque donde está él, el mal es vencido, y triunfan la vida y la paz. Donde Dios llega, el desierto florece. Con el salmista cantemos con gozo: “Póstrense ante el Señor en el atrio sagrado, tiemble en su presencia la tierra toda; digan a los pueblos: El Señor es rey, él gobierna a los pueblos rectamente”. (Sal 95). Oremos y apoyemos la jornada mundial de las misiones.






















