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A vivir en fiesta con Dios

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SANABRIA.OBISPOEl Señor nos convoca cada domingo para estar con él, para sentarnos a escuchar su Palabra, para alimentarnos con su cuerpo y su Sangre. Y la noticia de este domingo es muy bella: todos estamos invitados a vivir una eterna fiesta con Dios. Él no quiere amarguras, quiere fiesta. La intención de Dios es poner fin a la tristeza y amargura que nos ofrece el mundo.

Lo primero y fundamental que encontramos en la Palabra de Dios es que el plan de Dios está fundamentado en la fiesta, en la alegría, en el banquete de bodas. El profeta Isaías y todo el antiguo Testamento muestra el banquete como la promesa grande de Dios, y lo presenta así: “Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados” (Is 25, 6s).

Esa promesa tiene su cumplimiento con Jesucristo en el nuevo Testamento. El Señor lo presenta la parábola de las bodas como un banquete que ya no es una promesa, sino que ya está listo: “Tengo preparado un banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Vengan a la boda” (Mt 22, 4). Se trata del banquete eucarístico. En ese banquete Jesús se presenta como el Hijo del Rey que celebra nupcias con la humanidad y sella es matrimonio sagrado con la entrega de su cuerpo y se sangre. En el banquete Eucarístico se pone fin a la tristeza y a la vergüenza que nos oprimen, y brota la alegría festiva y eterna.

Esto que venimos reflexionando choca inmediatamente con lo que sucede en el mundo. ¿Cómo hablar de hacer fiesta por un banquete de bodas mientras las guerras y las injusticias están ahí a la orden del día? ¿No será que Dios está fuera de lugar, o vive en otro mundo que nada tiene que ver con el nuestro? ¿Qué podemos responder a este respecto desde la Palabra de Dios?

Tenemos que decir con toda verdad que el mal del mundo, que es evidente y que arrecia en vez de desvanecerse, no hace parte del plan de Dios, sino que es consecuencia del tipo de respuesta que cada uno de nosotros le estamos dando a su invitación. Recordemos que en su proyectó está establecido que “aniquilará la muerte para siempre. Dios, el Señor, enjugará las lágrimas de todos los rostros y alejará el país del oprobio de su pueblo” (Is 25, 6 – 7).

¿Qué se requiere para poder participar del banquete de bodas y ayudar a cambiar el desorden mundial en que vivimos? Se requieren dos cosas: querer aceptar libremente la invitación y llevar el traje nupcial

Ante la gran generosidad de Dios que nos invita al banquete de bodas, tenemos que responder con libertad. Y aquí es donde aparece la muerte, la guerra y el mal que en estos momentos agobia a todo el mundo, porque algunos no aceptan la invitación a hacer fiesta porque están ocupados en sus trabajos y proyectos personales y egoístas que no tienen tiempo para sumarse a la fiesta de la fraternidad y la justicia para todos; hay otros que desprecian la invitación totalmente, creyendo que la fiesta organizada por Dios es una tontería y una fiesta sin sentido, por eso prefieren organizar sus parrandas sin Dios, sin justicia y sin fraternidad, donde solo unos muy pocos privilegiados puedan entrar. Su reacción es hostil y agresiva.

Por estos días somos testigos de una ola de calor y de otras reacciones violentas de la naturaleza y nos atrevemos a decir que esas son bendiciones que vienen de Dios, cuando la verdad es que son desórdenes del medio ambiente que provienen de nuestra respuesta hostil a la invitación divina de cuidar la casa común.

Pero es importante insistir que Dios quiere fiesta y no por el hecho del rechazo y la respuesta negativa de algunos Dios va aquedarse con los crespos hechos; él continúa con su banquete de bodas. Más aún, el rechazo de algunos de los invitados, tiene como efecto que la invitación ahora se extienda a todos, especialmente a los pobres, abandonados y desheredados. Aunque por la respuestas negativas y agresivas se susciten la violencia y el mal en el mundo, eso no quita el sueño de Dios, por el contrario, él reafirma su propósito y trabaja más duro para poder hacer fiesta.

Además de la libertad para aceptar la invitación al banquete se requiere llevar el vestido nupcial, que es el símbolo del regalo, del don gratuito de la gracia santificante. Es el mismo vestido que recibimos en el bautismo, el traje de la gracia. Es el traje que hemos procurado mantener limpio y resplandeciente llevando una vida apegada a Dios y a los sacramentos. Nos impide entrar al banquete no llevar el vestido o llevarlo sucio y destruido. Si el vestido alguna vez se mancha o se destroza a consecuencia del pecado, la bondad de Dios nos permite reconstruirlo con el sacramento de la reconciliación que ayuda a recuperar la integridad del traje nupcial necesario para la fiesta.

El vestido nupcial es el vestido de la caridad y del amor. San Pablo siempre llevaba ese traje, por eso escribe: “Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy entrenado en todo y para todo: a la hartura y al hambre, a la abundancia y a la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta”. (Fil 4, 12 – 14).

Sigamos viviendo nuestra fe en este octubre misionero; mantengámonos con María Santísima orando por el Sínodo de la sinodalidad que busca despertar en nuestra iglesia su compromiso misionero.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.

Última actualización ( Domingo, 15 de Octubre de 2023 06:58 )  

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