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No cuentan las palabras...

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SANABRIA.OBISPOGrandes lecciones de vida nos da Dios cada domingo. Por eso es tan valiosa la Eucaristía dominical, porque nos da criterios para vivir como quiere Dios, y nos alimenta con su cuerpo y su sangre para llevar a la práctica sus enseñanzas.

Jesús nos presenta la parábola del “hombre que tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: "Hijo, ve hoy a trabajar en la viña." Él le contestó: "No quiero." Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: "Voy, señor." Pero no fue” (Mt 21, 20 – 30). Así queda claro que lo importante ante Dios no es hablar, sino hacer, que no cuentan las palabras, cuentan las obras, ante los ojos de Dios valen los hechos de conversión y de fe.

Si para Dios valen más las obras que las palabras, para el demonio valen la soberbia y la duda. Cuentan que como Satanás tenía que adaptarse a los nuevos tiempos, decidió hacer una liquidación de gran parte de sus existencias de tentaciones. Colocó un almacén muy vistoso. Se trataba de un muestrario fantástico: piedras para hacer tropezar a los virtuosos, espejos que aumentaban la propia importancia, lentes que disminuían la importancia de los otros. Colgados en la pared, algunos objetos llamaban mucho la atención: un puñal de lámina curva para ser usado en las espaldas de alguien y grabadoras que solamente registraban murmuraciones y mentiras.

–¡No se preocupen por el precio! –gritaba el viejo Satanás a los potenciales clientes. –¡Llévenlo hoy y paguen cuando puedan!

Uno de los visitantes notó, tiradas en un rincón, dos herramientas que parecían muy usadas y que llamaban muy poco la atención. Y, no obstante, eran carísimas. Curioso, quiso saber la razón de aquella aparente discrepancia.

–Están tan gastadas porque son las que yo más uso –respondió Satanás, riendo. –Si llamasen mucho la atención, las personas sabrían cómo protegerse de ellas. Sin embargo, ambas valen el precio que estoy pidiendo: una es la duda y la otra es la soberbia. Todas las otras tentaciones pueden fallar, pero estas dos siempre funcionan.

Ya hemos hablado del demonio y sus estrategias, ahora concentrémonos en las estrategias de Dios. Él nos pide dos cosas, cultivar la humildad, y vigilar nuestro proceder. El cultivo de la humildad es una urgencia, y el modelo a imitar es el mismo Jesús, “Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz” (Fil 2, 6 – 8).

La humildad es una virtud que en el mundo de hoy y de siempre no goza de gran estima, por el contrario, la tendencia de todos es más bien a ponerse en primera fila. Jesús, en cambio, se vació de sí mismo, eso es lo que significa el verbo 'ekenosen', utilizado por san Pablo y pone de relieve la humildad profunda y el amor infinito de Jesús, el Siervo por excelencia. Por eso que la humildad puede considerarse el testamento espiritual de Jesús.

Tenemos que sentirnos pequeños ante Dios; las personas humildes tienen los pies sobre la tierra, reconocen su condición humana, sus limitaciones y sus virtudes. Solo los humildes están en condiciones de acoger el don de la salvación. Esto tenemos que escucharlo los que nos consideramos como los hijos que siempre hemos dicho sí a Dios, que estamos cerca de la Iglesia, que nos creemos buenos cristianos; no sea que llenos de soberbia nos creamos santos, pero nuestras obras digan lo contrario.

No dejemos de escuchar lo que dijo Jesús: “Les aseguro que los publicanos y las prostitutas les llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a ustedes enseñándoles el camino de la justicia, y no le creyeron; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron” (Jn 21, 30s). Los que creen llevan la delantera. Hay gente alejada de Dios y hasta incrédulos que pueden estar más cercanos a Dios porque están dispuestos a cambiar su vida, que los que nos creemos cercanos y santos, no necesitados de corregir nada de nuestra existencia.

El segundo trabajo es cuidar el proceder. Dice el profeta Ezequiel: “¿es injusto mi proceder?, ¿o no es su proceder el que es injusto? Cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió. Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá.»

Así como el demonio arma su almacén de tentaciones, san Pablo pone su muestrario de virtudes, cuando escribe a los Filipenses: “No obren por rivalidad ni por ostentación, déjense guiar por la humildad y consideren siempre superiores a los demás. No se encierren en sus intereses, sino busquen todos el interés de los demás. Tengan entre ustedes los sentimientos propios de Cristo Jesús”.

Echemos mano de la humildad y cuidemos nuestro proceder, porque en definitiva lo que vale son las obras y no las palabras. Nos conviene orar con el salmista: “Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador, y todo el día te estoy esperando.

 

Última actualización ( Domingo, 01 de Octubre de 2023 04:13 )  

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