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Entre el pirata y el puritano

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EDNA.RUEDA02ENBLa presencia de los ingleses en el territorio insular duró menos que lo que dura una hipoteca y sin embargo dejó marcado tanto, que aún se respiran en la calle residuos de su presencia, en el idioma, la cultura y hasta en el contacto íntimo con el creador.

Pero sí vamos a ser honestos, podríamos decir que al nuevo mundo le llegaron dos tipos clásicos de ingleses: puritanos y piratas. Los primeros huyendo de los cambios convulsionados que se dieron a partir de Henry VIII, y su manera ondulante de aceptar los principios católicos o protestantes, de acuerdo con el amor que invadiera su corazón o su cama. Un rey que se fue del mundo dejándole dos hijas que representaban la dicotomía que era Inglaterra para ese momento: una María: católica y sangrienta, una Isabel: reina virgen, protestante y promiscua.

María Tudor y Aragón, heredera de un legado católico hasta los tuétanos, hija de una princesa española, nieta de los Reyes que financiaron a Colón, pretendió a sangre y armas, y antes de que el cáncer se la llevara prematuramente, devolver al sendero del Papa, a la isla que se convertiría en Imperio.

Isabel Tudor Bolena, hija de la mujer por la que el rey mismo perdería figurativamente la cabeza, para luego hacérselo de una manera literal a su amada; fue probablemente la mujer que hasta hoy ha entendido mejor el poder de la propaganda y la publicidad, convirtiéndose en el icono perdido de la reforma para los católicos. Sse hizo llamar la reina virgen, aunque su cama fue visitada por cortesanos y plebeyos con tal frecuencia, que podría hacer sonrojar a cualquier ´wifa´ de nuestra época, con este gesto conciliador, devolvió la paz y marcó la primera edad dorada para los ingleses.

Su ética de laxitud permisiva, no se limitaba a las paredes de palacio. Sus planes incluían hacerse amiga de quienes eran dueños del mar: los piratas, y darle a forma de espaldarazo, una venia que los ‘autorizaba’ para saquear barcos españoles (de la familia misma de su media hermana muerta).

Así estábamos en el siglo XV y ahí parecemos atrapados. Nuestra deontología colectiva parece imitar la corte de los Tudor y aunque hemos descartado la decapitación como método, la integridad se vive en un espectro que va desde la piratería hasta la santidad.

Más que una doble moral, vivimos cómodamente entre esos límites, como si aún navegáramos entre las hijas de Enrique, como si un día fuéramos colonos con cuellos de encaje y estandartes de fe y al otro nos perdiéramos en el saqueo y el ron.

Somos, al final, los hijos mulatos de piratas y puritanos.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.

 

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