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¿Estamos normalizando la corrupción?

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HAROL.BUSH2El fallido enfoque de flexibilidad y relatividad punitiva de las instituciones políticas y legales no acorralan la corrupción isleña pero, además, ayudan a normalizarla. En efecto, existe una preocupante tendencia entre los isleños a ignorar y, por ende, a tolerar la corrupción.

El día Anticorrupción en Colombia, que pasó totalmente desapercibido en el Archipiélago, fue una oportunidad para dimensionar mejor el papel de la sociedad isleña en la corrupción y en el control de la misma. Es ambivalente por lo permisivo, porque no hay corrupción sin corruptor, y al mismo tiempo por ser una armadura contra este mal.

Ya se habla de un departamento fallido sitiado y saqueado por una irregularidad que se han vuelto institucionalizada en el poder e incrustada en nuestra cotidianidad social. Muchas de las estructuras y procesos gubernamentales están más orientados hacia esa irregularidad que hacia el trabajo a favor de la sociedad.

Por otro lado, no se controla la criminalidad, no hay acceso óptimo a servicios públicos, no funciona la administración pública, hay una sobrepoblación desbordaba y la economía está en regresión. La corrupción alimenta y acentúa todo eso, como también a la pobreza, desmejora la calidad de vida y es un obstáculo al desarrollo.

Pero desvergonzadamente esa corrupción se ha convertido en un instrumento de transacción para atender necesidades en los hogares, un mecanismo de beneficencia de doble vía social y política que refleja no sólo la incapacidad institucional de satisfacer necesidades sociales, sino también la inclinación social de aceptarla.

Así, su tolerancia y normalización social, se incrementan más con la ostensible impunidad.

La cultura del atajo

Todo ello genera una constante tensión entre necesidad y ganas de cambio, entre progreso y pesimismo; una relación conflictiva entre valores sociales, en participar en unas islas de una sólida tradición ético-religiosa.

Una actitud ambivalente hacia la corrupción es rechazarla pero al mismo tiempo hacer uso de la cultura del atajo; es firmar un contrato y luego no hacer nada; es aceptar dinero para votar por alguien y luego quejarse de la anarquía institucional.

También es pagar para vivir en las islas y luego quejarse del monte de basuras y del enjambre de moscas. Todo esto y al mismo tiempo hacerse de la vista gorda mientras hay mal uso de recursos públicos, contribuye a una mayor normalización de la corrupción.

El conflicto de intereses consistente en perseguir el desarrollo y el cambio en la moral pública con la desmoralización de lo público, crea una extraña paradoja. Y genera un resbaloso círculo vicioso que contribuye a trivializar la corrupción, a volverla más normal y cotidiana.

De hecho, muchas prácticas corruptas están socialmente arraigadas y culturalmente aceptadas. La actitud que tolera y se beneficia de la corrupción tiene raíces en la incapacidad del gobierno de solucionar necesidades sociales, pero también en estrategias de soberanía del Estado colombiano en las islas.

Estas llevaron, por ejemplo, al otorgamiento de empleos en el sector público a muchos, lo que a través de los años ha generado una firme dependencia con lo gubernamental. Aspirar a un puesto o contrato público es parte de la cultura y del inconsciente colectivo.

Y claro está: la dependencia y tolerancia social a actos irregulares se vuelve más evidente en época electoral porque es un escenario ideal para normalizar y legitimar la corrupción. Marca el inicio o la renovación de un ciclo de constantes actos irregulares. El famoso ‘¿cómo voy ahí?’ que pica y se extiende.

Esas transacciones electorales pueden tener impactos importantes en las elecciones cuando se debería otorgar mayor peso a la integridad. Pero a la hora de votar muchos tienen en cuenta un escenario multidimensional que incluye la corrupción permisiva.

Y si no fuera suficiente, el escenario multidimensional es distorsionado por la publicidad y la manipulación de la información que ayudan a normalizar actos irregulares y a mediatizar la mentira con ‘infoburbujas’ que esconden lo peor de la vida pública para dar una orientación positiva a candidatos de dudosa procedencia.

Por eso es necesario diseñar nuevas estrategias que aprovechen los esfuerzos sociales contra la corrupción y dimensionarlas en el contexto de las particularidades locales. No podemos seguir indiferentes a la corrupción porque nuestras queridas islas se hundirían, aún más, en la incertidumbre y el pesimismo.

Debemos luchar 24 x siete para romper la normalización de la corrupción.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan

 

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