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Ampliar el horizonte de la fraternidad

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SANABRIA.OBISPO

El domingo es un día especial para nutrir el espíritu con alimento sustancioso. La Palabra y la Eucaristía son los alimentos más nutritivos para nuestra fe. Un cristiano de verdad provee su fe con estos alimentos; para él se vuelve esencial la Eucaristía dominical, no hay nada que la pueda reemplazar. Hoy nos invita el Señor derribar barreras para ampliar el horizonte de la fraternidad.

Todas las lecturas de hoy hacen mención a la relación del pueblo judío con los pueblos extranjeros, y deja ver cómo ha sido históricamente, pero también da criterios de cómo debe ser. La expresión, “extranjeros” denota, antes que nada, a quienes son geográficamente de otro país, pero también encierra otros conceptos como la pertenencia a otra religión, a otra cultura, a otra raza, a otra manera de pensar, a otra manera de vivir, e inclusive a otro estrato social; todos estos conceptos van generando barreras que dificultan la vida.

Vale la pena escuchar esta anécdota. “Iba yo pensando que los emigrantes están creándonos un serio problema en España, cuando de pronto tropecé con este grafiti, que me descubrió mi racismo larvado: Si tu Dios es judío, tu coche es japonés, tu pizza es italiana, tu gas es argelino, tu café es brasileño, tus vacaciones son marroquíes, tus cifras son árabes, tus letras son latinas... ¿cómo te atreves a decir que tu vecino es extranjero?

Para poner el contexto de la manera como el pueblo de Israel se relaciona con los pueblos extranjeros, se requiere acudir al profeta Isaías. El pueblo de Israel ha atravesado una larga crisis política, religiosa y económica, pero ha llegado al final del destierro; es la hora de reconstruir y recuperar la normalidad.

Las autoridades consideran imprescindible hacer limpieza, centrarse en exclusiva en el pueblo de Dios y apartar a los que no sean auténticamente judíos, a los de fuera, a los extranjeros. Se van posicionando comportamientos agresivos contra los extranjeros, y uno de ellos es tratarlos despectivamente como “perros”. Este tipo de comportamiento lo encuentra Jesús.

Hoy tenemos situaciones parecidas en el mundo; la movilidad humana es grande y notoria en los últimos años. Si aplicamos el criterio del pueblo de Israel, seguramente va a suceder una masacre, como las que ha habido históricamente en diversos lugares del planeta. Es siempre una tentación de todos los tiempos y culturas: resaltar el nacionalismo propio y el fundamentalismo religioso, para arrinconar al emigrante. En este contexto ¿cuál es el criterio según las lecturas de la Palabra de Dios del día de hoy?

El profeta Isaías se opone a todo tipo de exclusión y propone que la manera de relacionarnos con los extranjeros exige abandonar los criterios nacionalistas, de raza, o de religión en los que tan empeñadas estaban las autoridades judías, para poner como base el derecho y la justicia. Así lo expresa: “A los extranjeros que se han dado al Señor, para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores… los traeré a mi monte santo, los alegraré en mi casa de oración, aceptaré sobre mi altar sus holocaustos y sacrificios; porque mi casa es casa de oración, y así la llamarán todos los pueblos” (Is 56, 6 – 7)

El Señor Jesús, que aparentemente actúa como judío radical y recalcitrante como el que más, realmente está derribando muros geográficos, culturales, religiosos, étnicos, raciales y de género. Dice el Evangelio que “Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón” (Mt 15, 21). Con ese gesto está diciendo que él ha venido para todos los pueblos, que Dios no es propiedad exclusiva de los judíos, como ellos lo pretendían vanidosamente.

Pero continúa el evangelio diciendo que se encuentra con una mujer extranjera y pagana que le sale al paso. Pide ayuda para su hija; Jesús comienza tratándola al estilo judío, como un perrillo, que se contenta con migajas, pero termina tratándola como hija de Dios, mostrándole toda su compasión y su amor; y más aún, la propone la propone como modelo de creyente cuando dice: “Mujer, ¡qué grande es tu fe!” (Cfr Mt 15, 21 – 28).

San Pablo, fiel al Evangelio, se dedica a llevar el anuncio de Cristo muerto y resucitado a los extranjeros, a los gentiles y paganos. Está convencido y apasionado con este servicio, por eso escribe: “me dirijo a ustedes, los paganos: Dado que soy apóstol de los paganos, hago honor a mi ministerio, para dar celos a mis hermanos de raza y salvar así a algunos. Porque, si su rechazo ha significado la reconciliación del mundo ¿qué será su aceptación, sino una especie de resurrección?” (Rom 11, 13 – 15), Para Pablo, tomos somos hijos de Dios y tenemos derecho a gozar de su misericordia.

Como cristianos debemos empeñarnos, en ser constructores de la Casa de Dios, en la que nadie quede excluido por ser de otra raza, o ser pobre, por ser de otra religión o de otro país... Con el derecho y la justicia en la mano, como nos ha dicho el profeta Isaías, con sentimientos de cercanía y de amor como nos enseña Jesús, y con actitudes de fraternidad y misericordia como propone san Pablo, vamos a poder cantar con el salmista. “Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben” (Sal 67, 4).

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan

 

 

 

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