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Atentos: el Señor va a pasar

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SANABRIA.OBISPOEn este domingo la palabra divina nos invita a mirar con cuidado los acontecimientos de la vida para descubrir la presencia de Dios, porque, con frecuencia, cuando más presente está, menos lo notamos y hasta protestamos y nos rebelamos contra él. La buena noticia es, estemos atentos porque “El Señor va a pasar” (1 Re 19, 11), y nos va a dar su mano.

Dios pasa siempre, como lo comprobó el profeta Elías que, aterrorizado huye porque la reina Jezabel quiere desplazar a Yahvé y poner a Baal; no le queda otro remedio que el destierro; pero en medio de esa tormenta, toma una sabia decisión, peregrinar en busca de Dios.

El lugar de peregrinación es el Sinaí, el monte de la Alianza. Elías no se contenta con leer y releer las tablas de la ley, busca al autor de la ley. Esto significa retornar al origen de la fe. Es volver a comenzar desde Dios. Llega al monte, casi sin fuerzas y se refugia en una cueva lleno de miedo; ahí es cuando se anuncia el paso de Yahvé. Elías espera a un Dios fuerte, guerrero, que apabulle a la reina, en cambio se aparece en el silencio profundo, sutil, imperceptible, como de seda. Pero en ese encuentro Elías fue tomado de la mano de Dios que lo levanta, lo anima, lo fortalece para que, a su vez, él vaya a levantar a su pueblo. En esta experiencia Elías recomienza su misión (Cfr. (19, 9a.11-13a).

En el Evangelio encontramos el paso de Dios Padre que acompaña a su hijo Jesús; después de la agotadora jornada de la multiplicación de los panes, Jesús necesita refugiarse en los brazos de su Padre. Peregrina a lo alto del monte donde pasa la noche en oración profunda; el Padre le da la mano y le ofrece descanso. Jesús, alentado, se lanza a recatar a sus discípulos, que a esa misma ahora atraviesan el mar.

También los discípulos experimentan que Dios pasa; esto sucede cuando navegan persiguiendo la otra orilla, enfrentando la oscuridad de la noche y la tempestad del mar. Es una peregrinación teñida de elementos eclesiales y pascuales. Pedro y los doce representan a la Iglesia de Cristo que atraviesa la historia con sus embates. Esta Iglesia necesita la fuerza y el coraje de su Señor resucitado (cfr Mt 14, 22 – 33).

Es una Iglesia que tiene dudas de fe, que confunde a Jesús con un fantasma, que quiere confiar solo en su capacidad de planeación; es una Iglesia miedosa que se aísla, pero es una Iglesia que grita ayuda cuando se hunde. Jesús sale a su encuentro, y al igual que sucedió con Elías, no viene en medio del terremoto, sino "caminando" sobre las aguas, es decir, en la serenidad de la noche, en el silencio imperceptible y cuando hace falta.

Las palabras de Jesús a Pedro, son las mismas que dirá en sus apariciones después de resucitar: “Ánimo, soy yo, no tengan miedo” (Mt 14, 27); luego se inclinó y tomó de la mano a Pedro, porque solo las fuerzas de Dios pueden levantar a su Iglesia cuando se hunde. El Señor, antes de que lo busquemos sale a nuestro encuentro, baja del cielo para tendernos su mano y llevarnos a su altura; solo espera que nos fiemos de él, que tomemos su mano.

San Pablo en su carta a los romanos ha dejado bien claro: nadie puede salvarse por la ley sino por la fe en Cristo que nos lleva a al amor de Dios. No basta quedarnos con la ley, es necesario el encuentro con el autor de la ley; Cristo es el punto de llegada de todo creyente. No podemos olvidar que hemos conocido al Dios de la salvación por medio de un judío como Jesús de Nazaret. Esto no ha sido fácil que los judíos lo acepten, por eso Pablo llega a decir que “¡Quiere ser condenado con tal de que sean salvados los suyos!” (Rom 9, 3)

Dios sigue pasando hoy por nuestra vida. Y como hemos dicho, aparece en situaciones de tormenta y de miedo. Es el caso de un hombre que se quejaba amargamente a su párroco:

- ¿Cómo poder comprender y asumir lo que los curas dicen del amor de Dios, de su presencia en nuestras vidas, cuando mi esposa está postrada en el lecho del dolor a punto de morir?

- Dime una cosa, le contestó el párroco ¿qué has sentido tú por tu mujer en todo este tiempo de su enfermedad?

- Mucha compasión y mucho amor. ¡Nunca imaginé que podía quererla tanto!

- ¿Ves? Dios ha estado y está presente ahora en sus vidas, no como una pastilla de aspirina que quita el dolor, sino como él es: como amor, como ternura. El sufrimiento no te ha quemado, Dios te ha ayudado a sobrevolar sobre el sufrimiento; y a tu esposa se le ha hecho presente dándole fuerzas para no desesperar en medio de sus agudos dolores.

Podemos encontrar al Señor en el caos de nuestras dudas y en el desorden de nuestro tiempo. Él está en las tormentas del pequeño mundo de nuestro propio corazón; y también en el ancho mundo, dividido y amenazante, en donde es difícil reconocerlo. Si realmente percibimos su paso y nos tomamos de su mano, entonces todo se vuelve más tranquilo, aun cuando el viento huracanado siga soplando.

Dios pasa, y el lugar más seguro para encontrarlo es en la Eucaristía, donde nos da su mano, y en la escucha de su palabra nos anima y con el alimento de su Eucaristía nos fortalece para que nosotros levantemos a los hermanos que se hunden en el mar agitado de este mundo.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.

 

Última actualización ( Domingo, 13 de Agosto de 2023 04:49 )  

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