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¿Queremos ver el cielo?

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SANABRIA.OBISPOEn este domingo somos invitados a subir al Tabor, para vivir la experiencia de la transfiguración, contemplar al Hijo del Hombre y reconocerlo como como el Salvador de la humanidad. Si queremos ver el cielo, no olvidemos ver lo que hay en la tierra.

Las tres lecturas de la liturgia de hoy tienen un tono apocalíptico, y están llenas de expresiones e imágenes muy especiales como visiones, tronos, vestidos blancos, multitud de ángeles, nubes luminosas, poder real, hijo del hombre, reino, dominio, grandeza, gloria… que nos remiten al final de los tiempos, a la eternidad en la otra vida.

Pero esta concepción del reino de Dios como algo solo para el futuro, que implica más al cielo que a la tierra es peligrosa por cuanto es parcial y no abarca la totalidad de la propuesta del Reino de salvación que el Señor Jesucristo ha venido a traer a la humanidad.

Es ilustradora esta sencilla historia. Un astrónomo tenía costumbre de pasear todas las noches por las afueras de la ciudad estudiando los astros. Una de esas noches iba tan absorto en su contemplación del cielo que, aparatosamente, cayó en un pozo. Como pasaba el tiempo y no podía salir, el astrónomo empezó a dar voces maldiciendo su suerte y pidiendo auxilio.

Al rato, acertó a pasar por allí un campesino que, oyendo los gritos se acercó al pozo, echó una soga que llevaba y lo sacó. Cuando estuvo fuera del pozo, el astrónomo explicó a su salvador cómo le ocurrió el accidente; y, tan pronto concluyó, el campesino le dijo en tono de reproche:

"Amigo mío ¿quieres ver lo que hay en el cielo y no ves lo que hay en la tierra?".

Esta anécdota nos lleva a afirmar con toda verdad que tanto el astrónomo que contempla el cielo, como el campesino que advierte de no dejar de ver lo que hay en la tierra, nos dan dos elementos fundamentales que nos ayudan a profundizar el mensaje de la Transfiguración.

Detengámonos en la acción del astrólogo; él pasa todas las noches en contemplación del cielo. Para nosotros no se trata simplemente de valernos de un poderoso telescopio y mirar las estrellas, se trata de una ascensión espiritual, como la llama el Papa Francisco y consiste separarse, tomar distancia de lo puramente mundano, ver desde arriba, ver con los ojos y con el corazón de Dios.

Se trata de ver al Hijo del Hombre como lo visualizaba el profeta Daniel “Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin” (Dn 7, 13 – 14). El sueño de Daniel se hace realidad con Jesús, cuando de labios de Padre Celestial, y entre las nubes del cielo dice: “Este es mi Hijo amado, escúchenlo” (Mt 7, 5).

Estamos llamados a redescubrir el silencio pacificador y regenerador de la meditación de la Palabra de Dios, que nos conduce hacia una meta rica de belleza, de esplendor y de alegría. Y cuando nosotros nos ponemos así, con la Biblia en la mano, en silencio, comenzamos a escuchar esta belleza interior, esta alegría que genera la Palabra de Dios en nosotros.

Pero no dejemos de lado la sabiduría humilde del campesino, que nos pide no olvidarnos de la tierra. Nos damos cuenta que Pedro cae en la tentación del astrólogo y propone: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» (Mt 17, 4) Cuando Jesús lleva a estos discípulos para ser testigos de la gloria de Jesús en su resurrección es también para que ellos se preparen para afrontar el escándalo de la cruz.

Escribe San Pedro: “Cuando les dimos a conocer el poder y la última venida de nuestro Señor Jesucristo, no nos fundábamos en fábulas fantásticas, sino que habíamos sido testigos oculares de su grandeza”. (2 Pe 1, 16 ss). El mundo espera mucho de nosotros.

Hay que bajar del monte para enfrentar la construcción del reinado de Dios. Aparecen Moisés, figura principal de la ley, y Elías como representando a los profetas, y ambos se echaron sobre sus hombros y lucharon a brazo partido, para construir la historia de salvación del pueblo de Israel. San Pedro, años después escribe: Esta voz, traída del cielo, la oímos nosotros, estando con él en la montaña sagrada. Esto nos confirma la palabra de los profetas, y hacen muy bien en prestarle atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día, y el lucero nazca en sus corazones (2 Pe 1, 19 – 20).

Tenemos que aprender a vivir el día a día con la lógica del Tabor, a donde subimos para respirar la cercanía de Dios, y desde donde bajamos para asumir la cruz de cada día, para hacer de este mundo una casa justa y fraterna. Entonces nos uniremos al salmista para cantar:

El Señor reina, la tierra goza,
se alegran las islas innumerables.
Tiniebla y nube lo rodean,
justicia y derecho sostienen su trono (Salmo 96, 1 – 2).

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.

 

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