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Faltan escritores

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EDNA.RUEDA02ENBInstintivamente, al menos en público, había desarrollado una aversión a la dulzura, escondiendo sus modales suaves con las miradas duras y perdidas en el horizonte que les daba a los pocos mortales con los que interactuaba.

Su costrosa personalidad, su frialdad en el trato, hacían juego perfecto con el mármol pálido que era su piel, el pelo blanco amarillento hasta los tobillos, sus pestañas translúcidas, y unos ojos naranja que titilaban sin coordinación.

La imagen que alguna vez se vio como un ángel, a fuerza de hacerse vieja había empezado a ser más un fantasma, sus pasos lentos y su aborrecimiento a la luz del sol, no hacían más que reforzar la leyenda. Aunque nadie decía saber bien cómo se alimentaba o cuántos años tenía, para el pueblo entero había unas certezas que la pusieron siempre en el centro de cualquier relato sobrenatural, milagro o acontecimiento fantástico.

Si moría súbitamente un hombre joven, se sospechaba que ella le había arrancado la vida celosa de sus besos; si un gato desaparecía de su casa, se decía, hasta no tener otra evidencia, que ella lo había cocinado y comido en luna llena. Si un barco se perdía en el mar, había siempre quien juraba haberla visto desatando maldiciones y conjuros. En un pueblo tan aburrido como este, su vida proveía todo el entretenimiento que estaba disponible.

Pero nada era cierto. Ella que apenas leía, jamás habría podido memorizar invocaciones en latín, y su vista corta no le permitía distinguir las siluetas de esos personajes que la acusaban haber sacrificado. Su pelo llegaba apenas hasta la cintura y no había tal dureza, ni siquiera había un rango de emociones que se le pudieran adjudicar.

Vivía en una casa como cualquier otra, sin embargo, el pueblo a fuerza de señalar en sus historias, se había convertido en fantasmal. Una, a la que la niebla, obediente a los dichos y las habladurías, había cubierto en contra del clima soleado del resto de la aldea. Este era un pueblo con una imaginación colectiva, lo suficientemente fuerte para hacer que un rumor tomara vida propia, y ella, rara como era, se hacía la diana perfecta de los chismosos.

Este relato no tiene nada que ver con una albina taciturna, que si no fuera una criatura casi transparente no sería nada espectacular. Ella no fue más que el blanco de un pueblo al que, le sobraban un par de chismosos, le faltaba una biblioteca y un par de escritores.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan

 

 

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