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Es necesario un nuevo paradigma etno-cultural

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HAROL.BUSH2Nos han caído todas las plagas sociales, menos dos cuya intransigencia nos hace sentir orgullosos de ser isleños porque confirma el éxito relativo de la unión marital cultural y étnica que nos identifica como únicos en el mundo: el racismo y la xenofobia no son un malestar isleño. Sin embargo, su ausencia esconde preocupaciones.

El multiculturalismo que en parte explica su irrelevancia, está bajo presión, principalmente por la desatención a varios asuntos que afectan la convivencia social y la situación de derechos humanos de muchos isleños.

Así las cosas, y dentro del proceso en curso de la reinserción hacia el Caribe, es tiempo de dejar de ver la diversidad cultural y étnica de San Andrés como un problema. Y de comenzar a abordarlo desde el prisma de oportunidades de progreso y un mecanismo estratégico para mejorar la situación cultural y socioeconómico tanto de lo raizal como de lo no raizal.

Debemos comenzar con un diálogo y una cooperación multicultural y multiétnica, inspirados en lo que hubo entre los raizales y los primeros migrantes que llegaron después del Puerto Libre.

La Semana de la Emancipación y las fiestas del 20 de Julio no solo personifican la simbiosis cultural y étnica isleña sino su éxito y nuestra aceptación de las mismas, junto con la convivencia de la diversidad sobre la cual se construyó la sociedad sanandresana.

Pero esa diversidad no es atendida uniformemente. No existen políticas públicas multiculturales y multiétnicas en una sociedad muy multicultural y muy multiétnica. Y por cuestiones de derechos humanos es necesario ser más incluyentes como también más divergentes y se debe hacer con un nuevo paradigma de defensa de los derechos humanos y con la expansión de los horizontes de las reivindicaciones étnicas, culturales y socioeconómicas.

El replanteamiento es necesario también porque los minúsculos resultados comunitarios que se obtienen tienden a opacar e incluso a deslegitimar lo mucho que se hace. El actual esquema le falla a quienes más está orientado a ayudar: es evidente que la situación de lo raizal no ha mejorado notoriamente a pesar de años de acciones de reivindicación étnica dictados por la ley, por presiones de grupos raizales y por una inversión pública considerable.

Las presiones de cambio son tanto culturales y étnicas como socioeconómicas. Estas últimas preocupan por los niveles de hacinamiento e ilegalidad que están asociados a poblaciones no bien integradas como también a las vulnerables como la misma raizal.

Porque si bien el proceso de interacción multicultural que forjó la sociedad isleña no generó un sistema de dominación con peso racista como mecanismo de control cultural o socioeconómico y político, sí construyó y aún construye jerarquías sociales que desafortunadamente crean dinámicas preocupantes porque patrocinan formas de discriminación y desigualdad arraigadas en la estructura socioeconómica que terminan siendo imanes para serios problemas sociales.

Somos muchos, pero somos uno

Por el evidente deterioro cultural y el desmejoramiento étnico, y porque somos una sociedad que ha forjado una identidad desde varias identidades y una pluralidad de realidades sociales distintas que están en constante diálogo, intercambio y aprendizaje, se hace necesario ahondar en la protección y la salvaguardia de la raizalidad. Pero esto debe ir acompañado de una mayor preocupación por las otras culturas.

El origen y la naturaleza raizal permiten entender mejor las preocupaciones de otros. Y el énfasis en derechos humanos en sus esquemas de reivindicación obliga a acomodar sentimientos y preocupaciones ajenas. Las luchas raizales nunca tuvieron un mensaje de exclusión, no legitiman formas de discriminación hacia otras culturas, y no han sido una apología a la intolerancia o a la indiferencia de otras preocupaciones culturales y étnicas.

Ya no tenemos una cultura dominante sino varias culturas andantes y campantes. Y nuestra constante simbiosis e intercambio cultural enfatiza que la misma ‘raizalidad’ no es un concepto estrecho y exclusivo sino algo que se formó y se sigue formando, según la socióloga Sally Taylor y el historiador Jairo Archbold, por un continuo proceso de ‘creolización’.

Por lo tanto San Andrés ya no es un crisol racial y cultural (un ‘melting pot’) centrado alrededor de lo raizal, sino una ‘ensalada cultural’ de varios ingredientes y perfiles.

Por eso es imposible encajar lo isleño y al isleño en perfiles precisos e inamovibles, pero sí con referentes que todos han adoptado. Además del idioma está la música y la comida y las costumbres tipo ‘fusión’. El énfasis no se debe hacer en la retórica de las identidades, que adquieren menos peso y pueden ser contrarias a la adaptabilidad e integración cultural necesaria.

Ya existe una tendencia del gasto público con un perfil más multicultural, pero aún hay mucho trabajo por hacer. Es el momento de un replanteamiento que debería empatar con la reconexión con el Caribe, que no debe servir como otro elemento de exclusión. Una mayor inclusión de todos los isleños y de lo isleño es no solo la base de nuestra identidad sino la fundación de nuestra prosperidad, de la supervivencia étnica y de la convivencia y cohesión social.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.

 

 

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