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Corrupción sin condena social

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NADIN.MARMOLEJO.NUEVA2020Colombia agoniza en un mar de impunidad, la aplicación de la justicia en los casos de corrupción, apenas se asoma a un tímido y cobarde 6%, […], ha afirmado el secretario de Transparencia de la Presidencia de la República, Andrés Idárraga, al presentar el 'primer mapa de la impunidad' en el país. ¡Qué vergüenza!

Tal parece que los sonados escándalos han contribuido más a exacerbar la corrupción que a limitarla. Los corruptos han sembrado su conducta inmoral en la mente de la gente y la han cosechado en abundancia. No existe el castigo social para ellos. Prima la tolerancia y la docilidad con los protagonistas. Hemos visto, incluso, que son bien recibidos o despedidos como héroes por caravanas de ciudadanos víctimas de sus delitos. Ante la corrupción, y en gran número, "somos como aquel rey de Siam que se negó a seguir escuchando a su interlocutor en cuanto habló de un agua sólida, el hielo, sobre la que podría caminar un elefante", según cuenta el filósofo y economista David Hume.

Por eso, hay pueblos en toda Colombia, en pleno siglo XXI, que pese a ser muy ricos, sus calles aún son de barro, y llevan décadas esperando que el alcalde de turno las pavimente. Y las que han sido pavimentadas presentan tanto deterioro que se asemejan a las de barro. Incluso, el propio alcalde las transita ―en su gigantesca camioneta de cuatro puertas ―, y le importa un bledo que le pueda dañar los amortiguadores o quedar atascado en el fango. Los motociclistas y la gente de a pie, tropiezan y caen en los huecos, sufren lesiones graves y, aún así, no las arreglan.

El agua sigue siendo salobre o contaminada, por la falta de una planta de tratamiento. El acueducto y el alcantarillado apenas cubre una porción reducida de la población. La educación pública es de bajísima calidad y de la cultura ni se diga. Por citar los ejemplos más visibles. Un panorama que se mantiene hasta la siguiente campaña política en la que los ex alcaldes del desastre ―o sus escogidos para gobernar en cuerpo ajeno― vuelven a prometer el cambio, aquel que nunca realizaron, sin que a la gente le importe o le duela el engaño. Esta es la realidad, monda y lironda. Vivimos agotados por exceso de corrupción. Y las islas ostentan el primer lugar, según la Oficina de Transparencia de la Presidencia de la República. ¡Que triste!

¿Qué hacer al respecto?, es la pregunta que nos corresponde hacernos. "En el proceso de la corrupción, el pasado colonial tiene mucho que ver", ha dicho el profesor de bioética de la Universidad de Caldas, Orlando Mejía Rivera. Y preocupado como sigue estándolo por este hecho, ha planteado que cualquier cambio en la materia pasa por el ejemplo. Es decir, que la élite gobernante modifique sus malas conductas. Pero, ¿cómo lograr que eso ocurra?

La justicia es fundamental, pienso yo. Para detener un poco ese cáncer de nuestra nación que lo invade casi por completo, resulta imperativo espantar las pesadillas pantagruélicas que ocasiona la impunidad. Las casas por cárcel, las rebajas de penas excesivas, la no devolución del dinero robado, y otros defectos del sistema, no animan a nadie a hacerle estorbo siquiera a los corruptos.

También la función que puede desempeñar una sociedad íntegra en un país desintegrado como el nuestro. Pero hace falta madurez colectiva, indocilidad. Quizá las islas necesitan de un tipo de moral que resista el asedio interiorano. Una comunidad que tenga autonomía, ajena por completo a los intereses capitalinos que obligan a callar cosas o exaltar aquello que afecta sus intereses. Lo otro sería la vía hacia un estado de cosas demencial, provocado por esa máquina de desastres que se llama CORRUPCIÓN, y que nos ensordece a todos con sus dramas de miedo y violencia, incluso.

Los isleños de San Andrés y Providencia, como en las pesadillas de terror, todavía pueden despertar y aplicar un torniquete social al desangre económico que originan las largas y filosas uñas de la corrupción. Hoy día el archipiélago tiene unos cincuenta años, o más, de atraso social y tecnológico con relación al mundo desarrollado, pero quizá pueda comenzar a poseer un adelanto humano con el rescate de la conciencia moral y social.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan

 

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