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La palabra y la poesía

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EDNA.RUEDA02ENBPara muchos, la invención de la palabra es el hito que marca el nacimiento de la humanidad. De la relación de sonidos concatenados y con significado, más allá de la seña, más allá de la evidencia bruta; aparece la palabra, primero oral y luego escrita. Los puntos de inflexión de donde se puede señalar que se parte para ser humano.

La palabra, dueña de la capacidad inmensa de provocar ira, de estremecer, de aterrar, de hacer ganar o perder la esperanza; parece que con el tiempo hubiese tomado vida propia y cargada de sus defectos y virtudes, se hubiera asumido como un ente por sí mismo, provocando movimientos ya no atados a la lengua del hombre.

Bendecir, maldecir, felicitar, insultar… seducir, todos verbos concebidos para soltar sobre el otro nada más que palabras y aun así provocar taquicardias o sudoración, contracciones pupilares o dolor. Todo, todo esto con solo palabras: sin tocar la piel, sin herir la carne, con el sufrimiento físico que anuda el diafragma al estómago y rompe después de oír la secuencia de un adiós, corazones como cántaros.

El poderoso impulso que se filtra en la corteza pre -frontal y advierte que no se debe decir todo lo que se piensa, falla con agudeza en quienes por causa del humor o la mala suerte, conectan la ingenuidad con el ingenio, y con una metralla pueril, pueden insultar y hacer reír en una sola línea.

Y ahí, la palabra, otra vez, separando los rasgos de animal y los de ángel que nos conviven. La falla de este filtro provocado por la evolución se suelta en lapsus y asociaciones libres: como cuando se cambia su nombre por el mío, ese recuerdo sigue, reemplazando una representación de algo que se siente y no se piensa…

La palabra “madre” al lado de la palabra “sol”, de la palabra “casa”, de la palabra “lejos”, líneas punteadas con palabras inconexas y ahí, cuando nadie esperaba que crezca, la palabra se vuelve poesía, síntesis, onomatopeya.

Y entonces, la luna deja de ser un satélite y se hace una moneda y las monedas dejan de ser de plata y se hacen de traiciones y las palabras que jamás soñaron crecer juntas, se pegan con babas de dioses y nunca más se sueltan…

“Simple como un anillo”, “ojos de sindicalista”, “los cíclopes que se miran”. En ese momento, en una dimensión paralela, se da luz al ‘hommo poeticus’, siempre erectus, a veces sapiens.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.

 

 

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