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elisleño.com - El diario de San Andrés y Providencia.

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Transferencia

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EDNA.RUEDA02ENBCualquier isleño de más de 18 años de edad puede decir que al menos una vez en su vida fue increpado por una conversación donde se sugería que los nativos de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, no queremos ser colombianos.

Pasa con más frecuencia si la conversación se refiere a conceptos como ‘sentencia’, ‘fallo’, ‘La Haya’ o ‘Nicaragua’. La salida fácil que tienen, para quienes el concepto de frontera implica el tránsito terrestre bajo un letrero que indica con toda claridad que se ha pasado de un país a otro, es asumir que cualquier diálogo, historia o costumbre compartida es implícitamente una agresión; un comportamiento que imita el de ese novio narcisista que no tolera que ‘su’ amada tenga una vida social por fuera de su radar.

En estas conversaciones, que al cabo de un tiempo se hacen agotadoras, se insiste sin argumentos históricos que si los sanandresanos “pudiéramos” elegir, nos iríamos corriendo del país cafetero.

Una representación, que es alimentada por la ansiedad de abandono que sembró Panamá con su separación, con las inmensas hordas de migrantes colombianos que cada año de los últimos cincuenta, salieron del país buscando educación, oportunidades o simplemente una huida a la violencia normalizada.

La historia de aislamiento que tuvo Colombia y que apenas en los tempranos años 90 empezó procesos de apertura, la volvió un anciana acumuladora y demandante, que con mucha dificultad entiende sus piezas por fuera de la andinidad…

Convertida en una Corea del Norte suramericana, embebida en su larga guerra civil; la presencia de unas islas con siete fronteras de aguas marinas, anglófonas e históricamente divergentes, era y es un concepto muy difícil de comprender.

La insistencia que tienen muchos medios de comunicación y periodistas en avivar esas ideas de separatismo, desconocen por ejemplo, que este fue el único departamento –en aquella época, región– que se incorporó por su propia voluntad a la naciente Gran Colombia en 1822.

Y es aquí, más bien, cuando cae con llamativa frecuencia en una suerte de transferencia psicoanalítica que proyecta su propia culpa en otros de tener sus propios deseos.

Entonces cabe la pregunta: ¿quién es verdaderamente quien no asume, quién no desea su ‘colombianidad’?¿Quién la reafirma cada 20 de julio y la elige teniendo opciones? ¿Quién reniega de ella en voz baja, mientras advierte que las luchas sociales tienen un atraso de décadas con respecto a las de otros países suramericanos y guarda la secreta ilusión de conseguir una oportunidad para irse del país en cuanto le sea posible?

Para quienes aún mantengan esa idea, los sanandresanos no queremos perder la nacionalidad colombiana, o al menos no más que todos los que hoy solicitan con ilusión visas para países del primer mundo, o viajan al sur de este continente en busca de educación y mejores condiciones de vida.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan

 

Última actualización ( Martes, 18 de Julio de 2023 03:53 )  

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