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elisleño.com - El diario de San Andrés y Providencia.

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Peregrinos al Monte Sinaí

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Cuatro peregrinos caminaban hacia un castillo lejano. A medida que se acercaban vieron que estaba rodeado de un alto muro de piedra. El primer peregrino en llegar consiguió trepar el muro y absorto en la belleza del jardín que se escondía tras el muro, saltó al otro lado olvidándose por completo de los compañeros de trayecto. El segundo y el tercero hicieron lo mismo. El siguiente tuvo más dificultades para trepar, pero al final también lo consiguió.

A él también le sorprendió la belleza que contemplaba a sus pies. Pero no saltó al jardín, porque se dio cuenta de que los demás peregrinos necesitaban quien les ayudara a subir el muro. Así que les tendió una fuerte cuerda y les facilitó la subida. Cuando todos los compañeros estaban arriba, entonces saltó hacia el otro lado del muro.

La Palabra de este día nos invita a ponernos en peregrinación a lo alto del Sinaí, y como Moisés, contemplar el jardín de las maravillas de Dios. Moisés quedó absorto con la belleza del Señor, y saltó allá, y contempló gozoso; pero volvió a cruzar el muro y bajó del monte para compartir su experiencia y motivar al pueblo para que también goce de ese gran misterio.

¿Qué sucedió en el Sinaí? Que mientras Moisés subía, Dios descendía en la nube, y se quedó con Moisés allí; es un verdadero encuentro de los amantes. En ese encuentro, Moisés hace un gran descubrimiento que cambia su vida y la manera de liderar a su pueblo. Descubre el nombre de Dios. Dice el texto bíblico: “El Señor pasó ante él, proclamando: Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad. Moisés, al momento, se inclinó y se echó por tierra. Y le dijo: Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque ése es un pueblo de cerviz dura; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya” (Ex 34, 6 – 9).

El nombre de Dios es compasión, misericordia, clemencia y lealtad. Moisés no encontró a un Dios juez inclemente y vengativo. Moisés tuvo la oportunidad de contemplar el corazón de Dios. Y esto es lo esencial del cristianismo, contemplar cara a cara a Dios que es amor, y que en su relación con nosotros es misericordioso, compasivo, lleno de gracia y de perdón.

San Pablo cuando escribe a los corintios, los invita a experimentar la presencia de Dios en medio de ellos; no les expone argumentos teológicos, sino que les dice: “Alégrense, enmiéndense, anímense, tengan un mismo sentir y vivan en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes” (1 Cor 13, 11 – 13). La presencia de Dios se nota; al triste le regala alegría; al pecador lo invita a enmendarse; al decaído le da ánimo y lo levanta, al que sufre violencia, lo invita a luchar por la paz. Ese es Dios.

San Juan dice que a quien está en peligro, Dios lo salva, “porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado” (Jn 3, 16 – 18). El pecador está invitado a peregrinar a los brazos del Señor, aprovechando su misericordia ofrecida en el sacramento de la reconciliación. Al enfermo lo invita a peregrinar hacia la unción, que es un signo claro de su compasión. Al que tiene dificultades en el camino lo invita a subir al Sinaí, entrar en contacto de oración con Dios, hablar con él cara a cara y descubrir que su corazón está repleto de amor.

Un hombre hablaba consigo mismo, al tiempo que iba caminando, como tienen costumbre de hacer aquellos que en la vida no tienen amigos con quienes confiarse. El diálogo que mantenía consigo mismo decía:

- Nadie es más pobre que yo; tenía un sombrero y me lo llevó el viento; tenía un manto y me lo han robado; tenía un bastón y he tenido que quemarlo para hacer fuego; tenía un tazón para el alimento y la bebida, y el río me lo ha llevado; no tengo más que las manos para recoger agua y poder beber.

¿Hay en el mundo alguien más pobre que yo?

- Yo, hermano. El hombre se gira y ve delante de sí al Señor, vestido de peregrino.
- Yo soy más pobre que tú. Tú, si tienes sed, puedes recoger agua con las manos: yo no, porque me las agujerearon con los clavos.

A Dios lo podemos contemplar a través de los clavos del Señor. Por eso, en esta fiesta de la Santísima Trinidad debe brotar de nuestro corazón la alabanza, la contemplación y la adoración a Dios por su belleza, por su bondad, por su amor misericordioso y por su lealtad. No hay otro igual; no hay nadie más grande que nuestro Dios. “A ti, gloria y alabanza por los siglos” (Dn 3, 52)

*Presbítero Apostólico de San Andrés y Providencia

 

 

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