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Los olvidados de la pandemia

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1ALI.WAKEDLa crisis derivada por la pandemia, ha sacudido a la comunidad isleña en sus dimensiones más trascendentales. Mientras que las finanzas locales cuelgan de un hilo, la incertidumbre se ha transformado en un sentimiento predominante dentro el departamento. Puesto que hasta el día de hoy, el interés gubernamental en socorrer a la isla es imperceptible y nuestro horizonte está plagado de muchas dificultades y pocos remedios.

Varios medios de comunicación han asumido una postura solidaria frente la situación, y han hecho voz a las peticiones departamentales. Entre las mencionadas, destacan las del gremio empresarial, quienes claman por auxilio a fin de evitar cierres masivos e impedir que se agudice la ya agobiante tasa de desempleo. No obstante, los sectores vulnerables de la isla han recibido poca atención durante la pandemia.

Esto último no es de sorprender, cuando representan una población que históricamente no ha tenido voz o representación en nuestra comunidad. Por aquello, opté la etiqueta de que son un grupo olvidado, estigmatizado y con poco acceso al amparo de sus derechos fundamentales.

A pesar de que el confinamiento constituye un método eficaz para combatir la pandemia, de la misma forma produce efectos nocivos en dimensiones tanto sociales como económicas. En poblaciones cuyas finanzas son precarias, el gran protagonista es el riesgo a padecer hambre. Los sectores vulnerables habitan la periferia de la sociedad, hecho que los excluye de acceder a ingresos estables y a una óptima calidad de vida. Estas condiciones, por consiguiente, limitan sus capacidades de defensa e incentivan la creación de identidades aún más marginales.

Así, el exuberante aumento en las tasas de desempleo ha generado daños laborales sin remedio a corto plazo. La crisis, después de todo, expuso los estragos inherentes a las políticas sociales, y modelo económico que por años se han ejercido en el panorama local. El gremio empresarial, ante el afán de estabilizar sus finanzas, ha desprovisto a numerosas familias de sus ingresos esenciales, estimulando aún más la vulnerabilidad de dicha población. Por ende, no es de sorprender la alta circulación de gente en nuestras urbes. Para estos, garantizar un medio de sobrevivencia constituye una prioridad de índole fundamental, incluso si conlleva a una mayor exposición a la enfermedad. Su limitada condición, por desfortuna, determina que sea así.

Nótese que además del gremio empresarial, la crisis local ha tomado como rehén al sector informal, del cual los residentes más necesitados y la frágil clase media dependen en una tonalidad estricta. Esto último constituye un fruto del colapsado sector turístico, que desarrolla un rol clave en la manutención de numerosas familias. Frente a dicha parálisis laboral, nos aguarda una isla con mayores índices de pobreza y desigualdad.

Dichos grupos padecen además, una serie de condiciones sociales que agravan su ya vulnerable posición. Los barrios periféricos se distinguen por su alto hacinamiento y la precaria cobertura de servicios públicos. En tal circunstancia, acciones de cuidado tales como el lavado de manos o el distanciamiento físico se ven estrictamente limitados. Aquello puede representar una incubadora que extienda aún más la tasa de contagios. A lo último debe añadirse que factores tales como la diabetes, la hipertensión y la obesidad acrecientan la posibilidad de contagio y reconfortan al virus. Dichas características son comunes en poblaciones cuya situación económica constituye una barrera para acceder a dietas más saludables.

Es fundamental tomar conciencia sobre la vulnerabilidad a la que está sometido el grupo en cuestión. Especialmente cuando es deber de nuestras instituciones velar por la dignidad de la ciudadanía y promover su bienestar. Los paños rojos se han convertido en un símbolo típico de nuestro paisaje, representando el desespero que cientos de familias padecen a diario. Es indispensable, por lo tanto, reflexionar acerca posibles medidas que permitan aliviar el dolor para aquellos que no tienen voz.

Un sentimiento de melancolía invade a la comunidad isleña, quien sin distinción de estrato padece lo que es una crisis sin precedentes. La diferencia radica en que ciertas poblaciones adolecen y sufren lo que otras no. Las clases más necesitadas encuentran barreras socioeconómicas que les impiden defenderse. El sector privado, que juega un rol clave en la generación de bienestar, precisará de varios meses a fin de volver a producir empleos, pues, su frágil posición se lo impide. En tiempos de pandemia, observo fundamental que analicemos nuestro concepto de sociedad solidaria y pedir auxilio por aquellos que no pueden hacerlo.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresen.

Última actualización ( Miércoles, 15 de Julio de 2020 07:08 )  

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